
Puede parecer un escamoteo la justificación de Dios a partir de sus obras, manifestadas en la grandiosidad de la naturaleza o en los primores del arte. Acaso esta ausencia encuentre su explicación en que tanto la ciencia como la cultura han sido parasitadas por un desmedido afán secularizador, sin que medien siquiera, como sano cortafuegos, aquellas cuestiones radicales sobre los fundamentos de la realidad a los que se dedicaba en exclusiva la filosofía. La "physis" no apela ya a la metafísica.
No obstante, hay que contar con lo que se tiene para rastrear un origen más elevado que uno mismo, al modo en que el amante recrea la presencia de su amor en un simple aroma o en un vago recuerdo. Así, el objeto del Amor por excelencia procede a esconderse, puesto que su naturaleza se acomoda a la más estricta intimidad. Y exige de nosotros esa búsqueda incesante que Lope de Vega hallaba por todas partes: "En ninguna cosa veo tu grandeza, mi Dios, como que donde quiera que te busco, te hallo".
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