miércoles, 1 de julio de 2009


[II]

Para bien poco da tanta ignorancia, siempre aumentando de modo exponencial: apenas para escribir meras impresiones sin un objeto nítido y sin dirección alguna, torpemente precisadas en frases cuya involuntariedad bien pudiera convertirlas por igual en geniales o estúpidas. Se me ocurre la siguiente: "Todo transcurso conduce a un callejón sin salida".
Muy poco después de escribir tal ocurrencia, leo la siguiente frase de san Agustín: "¿Adónde va el presente cuando se convierte en pasado?"
Qué ridículo este conformarme con la banalidad de creer en las coincidencias, en el halo de misterio con el que siempre las rodeamos (siempre y cuando concluyéramos que ambas proposiciones tuvieran algo en común).

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viernes, 26 de junio de 2009


[I]

También de un día como el de hoy está hecha mi vida, y qué capacidad me asiste para no encontrarme con él, hasta casi despreciarlo, como sin duda he ido haciendo a lo largo de los años. Este entrenamiento singular que nos facilita el olvido como una estrategia o una terapia, anticipa el olvido definitivo. Puede que el definitivo rescate de todas esas nimiedades que se acumulan en los alrededores de la vida, incluido el día de hoy, con la fronda irregular de estos castaños recortándose sobre un cielo no del todo azul.

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sábado, 20 de junio de 2009


COLOFÓN

         "en el viaje aquel de todos a la niebla"
                                        Francisco BRINES



Al menos nos fue dada la palabra que quema,
la esculpida en el mármol
o esa otra: ceniza en la lengua malgastada,
acumulado polvo entre los dedos.

Se nos dejó nombrar el vano mundo
con la intención de hacernos del mundo una vaga idea,
agua que pasa y lame
sin dilación las jarcias y la orilla.

Después de todo fuimos la mirada,
la intención que se puso en cuanto hicimos,
el matiz añadido, el acento,
   invocado
aroma que en el aire aún perdura.

Fue nuestra la mirada para mirar el mundo
antes de abordar el último viaje,
tratando de tocarlo a duras penas,
breve sombra de otra sombra huida.

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sábado, 6 de junio de 2009


UNA ETERNA PRIMAVERA


Nunca fue la primavera mi estación favorita. De un modo oscuro solía identificar sus signos anunciadores con el origen de una inquietud imprecisa. Comprendía, no obstante, la inminencia de una profunda renovación en el vuelo de las golondrinas sobre el azul de un cielo que parecía recién estrenado. Y acababa por acostumbrarme. ¿Cómo se podía no aceptar un regalo semejante?
Hoy, metido ya en años, y sin perder del todo aquel recelo infantil, prefiero imaginar la vida como una eterna primavera, bruñida de toda mancha, eternamente azul y herida cada día por la punzante luz del Mediterráneo, ese mar calmo que supo de una belleza de la que hoy nos sentimos huérfanos. Así, los días tendrían algo de la radiante luminosidad de Le Mépris —esa extraña película de Godard—, con el subrayado inusual y a destiempo de la música de Georges Delerue. Como si cada uno de nuestros insignificantes gestos mereciese la exaltación de un acompañamiento de violines.
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martes, 26 de mayo de 2009


TIERRA DE NADIE













De modo imperceptible —y seguramente inevitable— filtramos el mundo a través de nuestra última obsesión. Confío en que la búsqueda del alma, su conformación más adecuada según lo que nos es dado vivir, no sea simplemente el capricho que le toca ahora a un espíritu orgulloso. Que sea mi única meta, mi más auténtico objetivo, eso es lo que en el fondo anhelo.
En esas estaba cuando, aquel día, me asaltaron las cartas de Rilke al joven Franz Kappus, así como una pequeña y conmovedora historia escrita por Irène Némirovsky. Ambos textos tenían en común (así lo creí yo entonces) una luz que se adivinaba en lo más hondo del ser: en el primer caso, el poeta checo instigaba a ir en su busca sin ahorrar arduos trabajos y privaciones, para, a continuación, habitar en una nueva morada que reportaría tan gratas recompensas como devastadoras incomprensiones; muy al contrario, en la segunda historia, la deslumbrante alma de un niño prodigio se daba al mundo como el exquisito aroma de una extraña flor en medio de la más inhóspita miseria: todo era dádiva generosa hasta la llegada del silencio final, la aparición de la tragedia como único desenlace cuando la pureza no aguanta por más tiempo el encontronazo con la realidad.
Es precisamente en tierra de nadie (que es la de todos) donde habitamos, en el límite que separa el alma del mundo, ahí donde todo es bendición superadora de toda contradicción o fatal desplome en el vacío.
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viernes, 8 de mayo de 2009


CUANDO FUIMOS JÓVENES

El aire era más transparente y, en su vuelo, a la eternidad no le hacía falta esconderse. Por ser tan clara su evidencia, ni siquiera se hacía obligado reconocerla.

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