miércoles, 16 de enero de 2013

APLASTANTE NAVIDAD





Transcurrida ya la Navidad, se puede decir que, una vez más, ha tenido lugar el gran acto de la Redención. Por mejor decir, el comienzo de la misma. Y una vez más, cualquiera se ve sometido a la perplejidad que produce humillar a la razón ante tamaña grandeza. Este es el primer obstáculo —y no es poca cosa— para dejarse aniquilar por la consiguiente alegría que habría de invadirnos. O sea, que casi nunca pensamiento y sentimiento están a la altura de tan amantísimo acto. ¿Cómo estarlo?
De ahí que, en dos ocasiones, haya tenido la oportunidad de leer a dos prestigiosas periodistas quejándose apesadumbradas ante la inminencia de las fechas navideñas; ambas mostraban por igual su desconcierto recurriendo a la imagen de una inminencia avalanzándose sin aviso previo sobre ellas, con ánimo de aplastarlas. 
Cómo me hubiera gustado responderles a modo de greguería: "La Navidad es un bálsamo, no un hipopótamo".


viernes, 14 de diciembre de 2012

OTRO VICIO

¿Es el historicismo otro vicio más que nos aqueja? Qué ufanos nos quedamos después de comprobar el mecanismo ejecutándose en el tiempo. Todo tiene sentido así, todo se explica en ese natural despliegue. Sin caer en la cuenta de que una nueva superstición apareció en el momento en que se conjuró la antigua.


sábado, 1 de diciembre de 2012

DON NADIE





Nadie quiere creer que la mayor aspiración en esta vida sea llegar a ser un don nadie.


sábado, 24 de noviembre de 2012

LOS PUENTES DEL REGRESO






Pese a que me gusta especialmente degustar la melancolía, aplicándomela con deleite mientras paseo o divago en soledad, comienzo a percibir con preocupación que no es tanto el placer como suponía, que algo parece desmoronarse detrás de uno, y que no conviene empeñarse en volver la mirada para contemplar aquellos caídos puentes del regreso (como en uno de los últimos versos de Jon Juaristi).

sábado, 10 de noviembre de 2012

TAN LEJOS, TAN CERCA



Puede que haya una belleza suplementaria en vivir, y quizás consista en hacerlo encaramados en el inestable vaivén que procura la paradoja. A cambio, se ha de esperar a que la lucidez obtenida no desemboque en algo parecido a una "noche oscura", y sí en alguna forma de triunfo —por lo menos doméstico— de la razón. A Hölderlin le tocó instalarse en la cesura que se abrió entre dos antagonismos de la historia. Prefirió desmarcarse del Absoluto hegeliano que por entonces tocaba. Lo hizo entre la ausencia de lo divino y su cercana inminencia ("Cercano está el dios / Y difícil es captarlo. / Pero donde hay peligro / Crece también lo que nos salva"). Cuarenta años durará su retiro en la torre de un carpintero de Tubinga, alternando un completo silencio con el recitado concienzudo de su obra; tanta desmesura, para atestiguar que lo divino se hace presente cuando se retira, que un dios que se apropia, necesariamente destruye.
Difícil y saludable paradoja que nos hace entender René Girard: "Hölderlin siente que la Encarnación es el único medio dado a la humanidad para afrontar el muy salubre silencio de Dios: Cristo interrogó ese silencio en la Cruz, luego él mismo imitó la retirada de su Padre llegando a su vera la mañana de su Resurrección. Cristo salva a los hombres «quebrando su cetro solar». Se retira en el momento mismo en que podría tener el dominio. Nos es dado entonces tener a nuestra vez la vivencia de ese peligro de la ausencia de Dios, experiencia moderna por excelencia (...), pero también experiencia redentora. Imitar a Cristo es el rechazo a imponerse como modelo, el difuminarse siempre por detrás de otro. Imitar a Cristo es hacerlo todo en procura de no ser imitado".