martes, 12 de junio de 2012

DE VEZ EN CUANDO...



...conviene recordar lo que, con demasiada facilidad, tiende a olvidársenos: que nada resulta fácil (al menos, nada de lo que es verdaderamente importante). Como no debió de ser pequeña, ni del todo grata, la proeza de Hilaire Belloc caminando tantas millas para alcanzar finalmente Roma. Y así, entre pintorescos tipos humanos, misas en recónditos pueblos y aventuras varias, aún tiene tiempo para bromear con un hipotético lector zascandil o elaborar jugosas reflexiones. "Como tal, la Iglesia católica no ofrece filosofías: ella no concede comodidades", asevera. Y muy al contrario de lo que cabría esperar, esa supuesta "incomodidad" poco tiene que ver con disciplinas inhumanas, indescifrables liturgias u obligaciones varias; el propio Belloc lo explica más adelante, y pone ante nuestros ojos cielo e infierno "para la confusión de nuestros equilibrios humanos, de nuestra alegre combinación de lo bueno y de lo malo". Pues eso: el fin de toda falsa alegría.



9 comentarios:

Mayte_DALIANEGRA dijo...

Cada ser humano tiene su propio camino a Roma, o a Kathmandú, o a donde sea que le conduzca su interior. Lo verdaderamente importante no es aquello en lo que se crea, sino cómo se lleve a cabo esa creencia. Lo importante es serle fiel al corazón, a lo que nos impulsa a seguir caminando, a seguir creyendo que nacer es mejor que no haberlo hecho, y que estamos aquí para poner nuestro granito de arena, humilde e insignificante, pero necesario, para construir un mundo mejor y más justo.

Besos, Andrei, y feliz semana.

Mora Fandos dijo...

Umm, interesante el libro y qué bien se lee el comentario. Saludos.

Cari Colado dijo...

Coincido con H.Belloc: el catolicismo no ofrece comodidades, y tal vez esa incomodidad es la peculiaridad del pensamiento católico, que es la comprensión de la creencia misma como un dato trágico y de la relación del creyente en el mundo como una instauración en lo trágico. No estar en la certeza sino en la tragedia (no sabemos lo que viene después.

La certeza terrible de que áquel que apuesta por ese Dios oculto, del que habla Pascal, apuesta en la absoluta soledad. Hay angustia, ansiedad, el desasosiego del sujeto que sabe que su apuesta, por ser precisamente una apuesta, no puede tener certidumbre.
"Se muere como se vive, solo" (B.Pascal).

Bernanos, en su Diálogo de carmelitas nos brinda la confluencia de las dos visiones trágicas del siglo XX: la del creyente y la del no creyente.

Andrei Rublev dijo...

Con todo, a mí lo de la tragedia me suena a Nietzsche, y habría sido Cristo el encargado de soportar sobre sí todo el dolor humano, más bien su irremediable pecado. Desde aquel día, éste ya no es tan irremediable.

Me quedo mejor con esa versión de René Girard, según la cual el Mesías se convierte en el definitivo chivo espiatorio. El ser humano está ya desprotegido de un modo definitivo, pues ha sido Dios el mismo sacrificado. Se anularon, pues, los ritos. El ser humano es más libre que nunca. La desgracia, pues, está en la opción. Esa es la verdadera apuesta...

Andrei Rublev dijo...

Perdón, mi primer chivo no expía nada, el pobre. Lo he convertido en miembro del Mossad, así, como si tal cosa...

Cari Colado dijo...

En absoluto me refiero a Nietzsche. Intentaré explicitar por qué hablo de tragedia en el pensamiento católico. Menciono la visión trágica del cristianismo que hay en Georges Bernanos, desesperada entre el bien y el mal, entre la fe y la razón, entre la gracia y el pecado, frente a Dios y Satanás, frente a la experiencia de caducidad y eternidad. Esto último presente en el pensamiento de Unamuno y desarrollado como elemento central de creencia en Dios, en su obra “Del sentimiento trágico de la vida de los hombre y los pueblos”. Y también en Pascal, con su visión de la condición humana, su guerra entre las pasiones y la razón, en definitiva con sus contradicciones.
Pascal habla de la grandeza y miseria del hombre. La paradoja de la grandeza que sólo se da en la inteligencia de la miseria, y a partir de aquí ir al despliegue de la razón: el conocimiento.

“La grandeza del hombre es grande en tanto que en cuanto se conoce miserable; un árbol no se conoce miserable.
Es, pues, ser miserable saberse miserable, pero es ser grande saber que se es miserable.” Pensées, ed. Oeuvres completes II. Editions Gallimard, Bibliotheque de La Pléiade. París 2000. L114, B397, pp.574-575.

“En una palabra, el hombre sabe que es miserable. Es por lo tanto miserable puesto que lo es; pero es grande puesto que lo conoce.” Pensées, ed. cit.L122, B416, p. 577.

“Todas esas miserias mismas son las que prueban su grandeza. Son miserias de un gran señor, de un rey destronado.” Pensées, ed. cit., L116, B398, p. 380.

Esta grandeza es de carácter trágico, el límite absoluto de la razón es su capacidad para enfrentarse a la muerte como algo constitutivo de su identidad.
En su "Escrito sobre la conversión del pecador", la primera intervención divina es aterradora. En este texto Pascal, al principio, utiliza el verbo caindre (temer), el sustantivo crainte (miedo) pero para caracterizar el desasosiego del alma usa frayeur (terror). El crainte sería en psiquiatría “Pánico”. La pérdida de coordenadas que dispara el terror es el primer síntoma de la intervención divina: la desaparición del reposo, del orden, la alteración de los automatismos sobre los que se asentaba la estabilidad del sujeto.

“Esta nueva luz le produce miedo, le induce una turbación que atraviesa el reposo que hasta ese momento el alma encontraba en las cosas en las que hallaba sus delicias.
No podrá ya disfrutar con tranquilidad de las cosas que la encantaban. Un escrúpulo continuo la combate en ese gozo, y esa visión interior no le permite ya volver a encontrar esa suavidad o dulzura acostumbrada entre aquellas cosas en las cuales se abandonaba con plena efusión de su corazón.” Écrit sur la conversion du pécheur, ed. cit., p.99.

Para Unamuno la esencia del sentimiento trágico de la vida es la lucha entre fe y razón, y la esencia de esta lucha es el ser irresoluble, permanente. “La tragedia es perpetua lucha sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción” ¿Debe el hombre decantarse por la fría razón, que pretende hacérselo comprender todo sin darle un atisbo de esperanza de salvación post-mortem? ¿O debe decantarse por la fe, que no puede explicar el qué del mundo, pero que le da un pleno y esperanzador para qué? Lo importante no es tanto saber exactamente, dónde estamos, sino para qué y por qué estamos.

Bernanos en Diálogo de Carmelitas, obra que narra el martirio y ejecución de dieciséis monjas durante el período del terror, en la revolución francesa, nos pone frente a la pasión del miedo en una novicia, otras carmelitas muestran valor y arrogancia, en cambio esta novicia ofrece a Dios su miedo de agonía, su duda como Jesús en el Huerto de los Olivos y la escena terrible de la primera superiora que ha vivido toda su vida en el ascetismo de la religión y ahora se encuentra con el terror de no saber qué viene después. No está en la certeza sino en la tragedia.

Interesante la teoría de R.Giscard.

Pascal de Sumisiones Voluntarias de Gabriel Albiac.Editorial Tecnos, 2011.

Andrei Rublev dijo...

No podemos sustraernos al tiempo que nos toca vivir. La lista de nombres lo atestigua: Pascal, Bernanos (como autor católico del siglo XX), Albiac (admirador efusivo de Blaise y decidido ateo, ateo católico podríamos decir, sin el menor atisbo de visceralidad absurda como en Dawkins, por ejemplo)... Y yo aportaba a Nietzsche en relación al nacimiento de la tragedia, subvertidor (si es que existe el "palabro") de lo que hay de racionalidad en el mundo griego clásico. La monja de Bernanos manifiesta un miedo aterrador, muy humano, en el momento decisivo: ese es el mundo del instinto frente a la razón; todo apunta a concepciones demasiado "modernas", como la dialéctica entre quedarnos con la razón sin esperanza, o la fe sin explicación del mundo... O el jansenismo pascaliano, sospechoso de ser catolicismo en sentido estricto, con su teoría de la "gracia eficaz" o la predestinación, del rigorismo moral hasta el punto de prescindir en última instancia de la Eucaristía (hay que recordar que el siglo XVII es el posterior a la gran ruptura en el seno de la Iglesia, y hasta allí podríamos remontar la modernidad, quizás).

Pero ni una palabra del verdadero catolicismo. Nada de ese precioso legado que consiste en amalgamar, sin esfuerzo, de una manera natural, fe y razón. Y sorprende que Albiac no lo tenga en cuenta, y no albergo dudas de su mala intención. Y habría que añadir los distintos existencialismos del siglo XX, la angustia de Kierkegard, los años de idealismo desde Descartes hasta aquí.

Repito: la tragedia (y no emplearía quizás el término, demasiado grande para la ocasión) está en la apuesta, por tanto en la libertad... Como siempre ha sido. Nada (o casi nada) nos está vedado; existen obligaciones (a mi parecer poco gravosas, y sí gozosas) que es preciso cumplir. "Venid a mí los que estéis cansados y agobiados", "Mi yugo es ligero..." O sea: libertad para escoger la dicha; libertad para rechazarla.

Cari Colado dijo...

Como bien dices, la tragedia se halla en la elección, en la apuesta, que es lo que apuntaba en mi primer comentario (es evidente que me he explicado mal).

En lo referente a Bernanos y su monja, el instinto humano predomina sobre la razón y yo añadiría sobre la fe y la creencia(aquí la tragedia). En el instante decisivo no hay certeza, el sujeto está solo. Me parece terrible.

Coincido con lo que aseveras sobre Nietzsche.

Acerca de Albiac, sólo tomé unas pocas líneas de su texto y creo que sí tiene en cuenta lo que manifiestas,en cuanto la originalidad del pensamiento de Pascal que es la originalidad del catolicismo frente a todas las demás religiones, es que separa la ciencia de la fe, y a la vez, postula la una en la otra.

jose luis Samper dijo...

A veces me pregunto,¿porqué para decir te quiero es necesario escribir mil páginas?