sábado, 15 de marzo de 2014

LAS PALABRAS



Termino, como siempre, por hallar alguna conexión entre lo leído y la propia experiencia. Doy con una frase de Barthes ("La incapacidad de nombrar es un buen síntoma de trastorno") y caigo en la cuenta de que cada vez son más los alumnos incapaces de explicar lo que dicen saber ("Lo sé, pero no sé explicarlo", te sueltan como quien da in extremis con el ingrato aliviadero que les permite liberarse de su desconcierto). E imagino a continuación que su bisoñez no se ha percatado aún de su intento por cuadrar el círculo, por explicar lo inexplicable, esa reiterada desventura de enfrentarse a lo inefable (e inefable para la adolescencia es todo: desde una sencilla definición hasta los devaneos impredecibles de la propia vida). Por el contrario, los adultos, incapaces de reconocer esta misma inefabilidad que por igual aqueja a chicos y grandes, acostumbramos en general a buscar síntomas de males inconcretos. De ahí que nos guste tanto indagar en el empíreo de la sociedad, la civilización o la historia.
Desconozco si habremos comenzado a soltar amarras desembarazándonos de las palabras, y tampoco sé si este habrá de ser un episodio en el devenir humano sin posible vuelta atrás. Hasta parece posible que estemos asistiendo a una transformación desconcertante y peligrosa, y el hecho mismo de que así sea ya infunde sus buenas dosis de interés.
Por mi parte, mi mundo continúa siendo este empecinarme en conectar las palabras con la vida de un modo seguramente desigual, discontinuo, que a duras penas es capaz de alumbrar las tinieblas que habitamos en solitario.


1 comentario:

L. N.J. dijo...

Bueno, aquí hay palabras con mucho peso. El suficiente para entender que quien las escribe no sólo se preocupa por sí mismo, sino por otra generación que le preocupa de igual manera.